No siempre fue así. En otros tiempos, el bar era más bien mugriento y desolado. Hasta que se corrió la voz y desde entonces la gente comenzó a visitarlo para ver si era cierto, si aquel corrillo que balbuceaban los porteros mientras barrían las veredas, que secretaban los visitadores médicos y que hasta había llegado a las altas esferas del poder, realmente se sustentaba en una historia verídica. Y el público se largó a abarrotar el lugar, bebiendo de manera insaciable entre la ranciedad añosa del mobiliario de cedro, llenando las arcas de un dueño que al principio no comprendía bien qué estaba sucediendo, pero que cuando por fin despertó de su sueño de tarambana y entró en razón, fue puliendo al máximo cada detalle del negocio, tratando, eso sí, de mantenerse fiel al estilo, de no jugar en contra de su beneficio haciendo que el lugar no estuviera acorde a la leyenda.
La leyenda… Había tomado vuelo allá por los sesenta, aunque recién prendió fuerte hace algunos años, ya entrados en los convulsos setenta. La echó a rodar un linyera que vagaba por las calles de Mataderos. El vago era pacífico y muy querido por la gente del barrio, de manera que más allá de sus harapos y su hedor nadie habría dicho que estaba fuera de la sociedad fundándose únicamente en su figura, porque los vecinos lo alimentaban y no se le veía un solo hueso de tan rollizo que estaba. Un día ardiente de verano, con la lengua lubricada por el licor que jamás faltaba en su deshilachado bolsón, le aseguró a un lugareño que, así como lo veía, había sabido andar por aquellas mismas callejas montando un costoso auto importado, en un ayer no tan distante en el que había sido dueño de una enorme fortuna. Dicen que el confesor se echó a reír de tal forma que llamó la atención de otra gente que volvía de sus quehaceres y que en un rato se juntaron casi veinte individuos alrededor del vago, al que de pronto se le borró la sonrisa y, ofendido como estaba ante el gentío, largó todo.
La historia es larga. Le llevó casi dos horas relatarla hasta su finitud, después de un exordio de veinticinco minutos tras el cual se dio cuenta de que no podría dejarla incompleta sin riesgo de que la multitud lo linchara allí mismo. El hombre dijo llamarse Facundo Barrientos. Buscando en archivos de la policía, encontré ese nombre en un expediente que me acercó un primo que trabaja en la Federal. Se trataba de un empresario del gremio cárnico, que había desaparecido sin dejar rastros en 1956 luego de que su empresa se viniera a pique inexplicablemente. Facundo Barrientos dijo haber trabajado desde chiquillo en el faenado de animales, siendo que por más de veinte años estuvo bajo las órdenes de un único patrón, Sir Donalsen. Veinteañero había sabido contraer matrimonio, pero su mujer falleció durante el parto de su primerizo, junto al niño, y de allí en más no quiso saber nada con eso de armar una familia. Hallé aquí una coincidencia que no confirmaba nada, pero que abría ciertas esperanzas: en los archivos policiales, este dato figuraba tal cual.
Facundo Barrientos vivía cerca de donde la General Paz se junta con la Avenida Alberdi, y frecuentaba el bar. Estaba allí cada día de cada año; por la mañana, volcándose tres copas de ginebra, una detrás de la otra; por la noche prefería el vino, y en el verano la cerveza. Pero Facundo Barrientos no estaba allí solitario. Pedro Rearte, un capataz que trabajaba en una curtiembre de la zona y que lo había conocido en ese mismo bar, se sentaba junto a él, y como eran cabuleros y desconfiaban de los números pares cada mañana invitaban a algún parroquiano desolado a compartir su mesa.
Detrás de la barra del bar hay un retrato ajado, prolijamente dispuesto en un marco de madera laqueada y cubierto con un vidrio que el dueño mantiene siempre reluciente. Debajo del cuadro, grabado en un rectángulo de bronce, se leen los tres nombres: Facundo Barrientos, Pedro Rearte y Adolfo Schmid. La fotografía del archivo policial de Facundo Barrientos es de otra época. No se puede decir que fuera el mismo, ni que no lo fuera. Lo mismo sucede con Rearte, que, casualmente, figura también como desaparecido luego de que su fábrica de zapatos quebrara por razones financieras que no condicen con la época, de acuerdo a mi escaso criterio mercantil. Nada se sabía en cambio de Adolfo Schmid. Recorrí media docena de loqueros y no figuraba en sus catastros, si bien me advirtieron que muchas veces los anotan con un nombre de fantasía y la mayoría de los prontuarios los descartan al tiempo por falta de lugar y de interés. De manera que así estaba la cosa: había que creer que esos tres tipos, que sonríen sentados en la mesa del bar una mañana de octubre del 51, tipos que desaparecieron sin dejar más rastro que aquella imagen que bruñe sin descanso el dueño del bar, un buen día se dieron cuenta de que aquellas cosas que pedían a voz en cuello las mañanas del primero de febrero de los años bisiestos, sentados en una de las mesas del bar, que debía cumplir cierto requisito de ubicación que jamás aclaró Facundo Barrientos a sus interlocutores, dichas, como ya mencioné, en voz alta y mientras se metían una tras otra tres copitas de ginebra, se cumplían de la misma forma en que se cumplen los deseos pedidos al Genio de la Lámpara Mágica.
Ya ven, la leyenda no es moco de pavo. Ronda cada mañana las baldosas del bar, que se ha convertido en un centro de atención del turismo internacional desde que el dueño invirtió unos pesos en publicidad, que llevó adelante su sobrino de forma tan eficaz que se ha visto, que yo mismo he visto, bebedores de ginebra de países tan extraños como Afganistán y Turquía, que no atienden el detalle del año bisiesto porque ese pormenor ha quedado sepultado por razones estratégicas.
Como es sabido, los años bisiestos se dan una vez cada cuatro años y constan de un día más que los comunes. Un amigo, que es un estudioso de las ciencias, me aseguró que no había ninguna posibilidad de que esa leyenda fuera cierta, porque el año bisiesto es producto de una limitación de la mente humana y no responde a fenómeno cósmico alguno. La verdad que a mí me da igual. La ciencia se basa en la acumulación de hechos que no puede comprender de raíz, de modo que yo creo posible que Facundo Barrientos y compañía hayan descubierto empíricamente una circunstancia asombrosa y se hayan valido de ello para salir de pobres de la noche a la mañana. Porque así fue. Para saberlo con seguridad, sin que la información se viera enturbiada por los agregados del boca a boca, me fui a ver a uno de los vecinos que había estado en la memorable jornada de la confesión de Facundo Barrientos. El hombre, al atenderme en el camastro en donde vivía postrado con sus noventa años, me dijo casi todo lo que quería saber. El día había sido, precisamente, el primero de febrero de un año bisiesto, aunque no pude entenderle de cuál. Al insistir en el tema, la hija, que nos vigilaba celosamente, dio por terminada la entrevista, enfadada por mi tozudez, que por otra parte era infundada porque qué importaba con precisión en qué año fue si debía haber sido entre el 47 y el 56 y ahí quedaban tan sólo un trío de posibilidades, y entonces aquella información inconclusa me llevó a los registros de la municipalidad y solamente tuve que revisar el movimiento de apertura y cierre de frigoríficos y de fábricas de zapatos. Y allí estaba: marzo del 52, año bisiesto, inscripción del frigorífico a nombre de Facundo Barrientos, abril del mismo año, inscripción de la fábrica de zapatos de Pedro Rearte. Busqué desde febrero hasta diciembre del 52 algo inscripto a nombre de Adolfo Schmid: nada. Año 53, 54: nada. Una corazonada me hizo persistir en la búsqueda. Año 55, nada; sin embargo, en el año 56 figuraba en los registros el cambio de razón social de las dos firmas, a manos de gente de la que retuve los nombres para hacer más averiguaciones pero que mantendré en secreto porque se los prometí, y que de todos modos no me fueron útiles aunque sí muy amables.
Cuatro años de fortuna, interrumpida abruptamente en marzo del 56. Los registros indican que Facundo Barrientos y Pedro Rearte se dieron la gran vida, viajando de aquí para allá, despilfarrando billetes que les volvían multiplicados por cien a costa de negocios florecientes. La leyenda dice, entre otras cosas, que así como llegaron a cenar con altísimos funcionarios de gobiernos extranjeros, Facundo Barrientos y Pedro Rearte no dejaron jamás de frecuentar el Bar en sus años de bonanza. De Adolfo Schmid nada dice. O casi nada. Una versión asegura que entre enero y febrero del 56 se lo volvió a ver en el bar junto a sus amigos, y que más tarde, desapareció de manera definitiva.
Más allá del 56 los rastros se tornaron difusos. El vagabundo, que dictó su estrafalaria conferencia en el otoño del 61, había desaparecido a los pocos días, diseminando con su abrupta ausencia la semilla de la inquietud. Mi padre nos mudó desde nuestro Rosario natal al hediondo entorno del degolladero de reses en el verano del 62. Fue de los primeros en creer en la historia de Facundo Barrientos. El pobre murió de una cirrosis galopante en marzo del 68, víctima de la mezcla mortífera de ginebra matinal y tintillo nocturno. Yo crecí oyéndolo parlamentar con mi madre acerca del Genio de la Ginebra. Cuando falleció lo odie a él y a su tenaz persecución de aquel sueño maldito. En cuanto el fantasma del rencor abandonó las entrañas de mi desdicha, comencé mi acechanza con la misma persistencia, aunque con métodos muy diferentes. Habiendo comprobado que los sucesos determinantes se dieron, efectivamente, en los años bisiestos 52 y 56, comprendí que ese detalle era del todo cierto. Mi padre, que fue el primero en decidir que aquel era un dato sin importancia, pagó cara la costumbre de empinarse las tres ginebras matinales cada día de aquellos tortuosos años de búsqueda de su Santo Grial.
El primero de febrero del 72, bebí mis primeras copas de ginebra en el bar. Hasta allí lo frecuentaba, pero tomaba tan sólo café o algún refresco. Recuerdo haber sufrido un desmayo casi inmediato, del que desperté al día siguiente, con absoluta conciencia de que había malgastado aquella ocasión por no haberme preparado de manera adecuada. Ese mismo día comencé a beber con mayor rigor. Al principio, me empinaba una ginebra cada tres días. Con el tiempo mi cuerpo se fue adaptando a la ingesta y cada vez me fue pidiendo más y más. Así me fue posible prestarle atención a los parroquianos, que para entonces comenzaron a abarrotar el local a punto que debí recurrir a mi carácter de habitué para no tener que beber acodado en la barra más de una vez.
En el bar me acostumbré a ver la peregrinación de seres desesperados, al estilo de los floristas de las iglesias, que no se inmutan cuando ven pasar tullidos en sillas de ruedas, adornados con mohines de otro mundo, en busca de un residuo de esperanza. No hay familiar de un enfermo terminal que no haya probado la ginebra del bar, y muchos abarrotaron de obsequios al dueño, haciéndolo partícipe de los más insólitos milagros. A mí siempre me causó gracia y algo de pena, porque me consta la relegada premisa del primero de febrero.
Los años pasaron velozmente. Para el 76 estaba preparado. El primero de febrero de aquel año me senté en el bar y pedí la ginebra. Me empiné mis tres copas baladrando mi aspiración: conocer el secreto de Adolfo Schmid. Luego de pedir mi deseo a viva voz, comencé a tomar nota de la concurrencia. Sabía que en los años subsiguientes debería perseguirlos, saber de sus vidas, descubrir si alguno era acreedor de algún evento verdaderamente prodigioso. Si lograba hacerlo, bastaba con descubrir las características de la posición de sus mesas. Había tomado suficientes fotografías como para no perderme detalle. Entre la concurrencia, el único personaje conocido era el viejo Abraham Borobski, un octogenario que vivía en Villa Crespo y que dos por tres se aparecía en el bar. Esa mañana estaba sentado en el extremo opuesto del local, de modo que no logré conocer su deseo. Su presencia siempre me había inspirado un terror inexplicable. Ese día fue distinto. Me conmovió ver, pese a la distancia, la mueca que contorsionó su rostro durante lo que pareció un profundo ruego, que siguió al fondo blanco de las copas de ginebra. Me animé, antes de marcharme, a pedirle al dueño del bar que me hablara del viejo. Me contó que era un polaco que emigró a Buenos Aires durante la segunda guerra y que había perdido a los suyos en los campos de exterminio. Desde aquel día, cada vez que lo vi lo saludé con un gesto cariñoso, aunque nunca supe, hasta 1980, si podía ese anciano de lentos pasos admirar el saludo tardío de un borrachín en franco camino hacia la cirrosis terminal.
Fueron cuatro años desesperantes. La concurrencia del bar cambió de manera considerable, y siempre podía verse alguna cara sospechosa con la oreja parada en busca de secretos que revelaran una conspiración en ciernes. Para entonces, mi estado de circunstancia dependía enteramente del alcohol; sin embargo, sabía de sobra lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Don Abraham Borobski dejó de venir y yo lo extrañaba profundamente. No sabía por qué; sería quizás porque en su rostro había descubierto de antemano la mueca que ahora todo el mundo llevaba sin percatarse, y sospechaba que aquel añoso hombre, que lo había visto todo, podía alumbrar tan profunda noche con su sabiduría. Recién lo volví a ver el primero de febrero del 80. Tuve la suerte de poder escabullirme de la clínica en donde me tenían internado, de lo contrario nunca lo habría sabido. Cuando entré al bar se encontraba repleto. A mí me daba igual, ya que en todos esos años no había podido hallar indicio alguno de milagro entre los parroquianos del 76, y entonces el tema de la ubicación me era indistinto; sin embargo tenía que sentarme a alguna mesa para tener al menos una mínima oportunidad. En una cercana a la puerta lo vi a don Abraham Borobski. Estaba en una mesa individual y tenía frente a él una silla vacía. Cruzamos miradas; lo saludé con el gesto que había sido habitual unos años atrás, me quedé clavado en sus pupilas celestes, ligeramente blanquecinas por la edad; me invitó a ocupar el lugar vacante.
Debo decir ahora, en confesión, antes de que se haga demasiado tarde, que si bien le guardé un enorme rencor a mi padre, por habernos abandonado de una forma tan dolorosa y presuntamente innecesaria, el primero de febrero del 80 comprendí que en ciertas ocasiones el sacrificio adquiere un formato irreconocible. Debió mi santo progenitor ofrecer su propia humanidad para delegar un deber que tan sólo él conocía entonces, pero su esfuerzo no fue vano. En cuanto se acercó el mozo le pedí la ginebra y, después de empinarme las tres de rigor, pedí mi deseo: conocer el secreto de Adolfo Schmid.
En cuanto salí del trance me encontré con la mirada complaciente de don Abraham Borobski. Me miraba de una manera extraña, una sonrisa emocionada le coronaba el rostro surcado de milenarias arrugas. Tras un suspiro, se largó a hablar.
– ¿Oí mal o su deseo es conocer la historia de Adolfo Schmid?
– Oyó bien –le respondí.
Yo le voy a contar. Adolfo Schmid, al igual que yo, vino a la Argentina huyendo de la Peste Aria. Nos conocimos en el puerto; yo venía de Polonia, él de Alemania. Fue vernos y hacernos amigos inseparables. Fueron años muy duros y nos abrimos camino con enorme dificultad, haciendo lo que se podía. Adolfo Schmid era lo que se puede llamar, un pensador, un hombre de un profundo conocimiento e intuición, que tuvo que dedicarse al comercio, con cierto asco, pero que jamás renunció a la búsqueda de La Verdad.
– ¿La Verdad?
– ¬Sí, La Verdad. Él deseaba conocer La Verdad, deseaba encontrar aquello que los filósofos buscan. Estaba empecinado en eso, y no sólo por convicción, había también algo de rencor, de revancha, porque había conocido al gran filósofo alemán y estaba seguro de que al hacerse acreedor a aquel conocimiento supremo, suprema iba a ser su victoria y la de todos los que habían quedado en el camino. Fue así que llegó hasta el bar. Un amigo en común, que vivía en Mataderos, compartió una mañana la mesa con Facundo Barrientos y con Pedro Rearte; estos le revelaron el secreto del Genio de la Ginebra y Adolfo Schmid, harto de buscar sin encontrar, vislumbró que allí estaba su oportunidad. Entonces se hizo habitué y conoció a los otros dos. El primero de febrero del 52, los tres compartieron la mesa y pidieron sus deseos. Adolfo pidió conocer La Verdad. Todos los pedidos se cumplieron.
– ¿Quiere decir que Adolfo Schmid se hizo acreedor del Secreto Supremo? ¿Que conoció La Verdad?
– Entiendo que sí. Se puede imaginar que yo estaba eufórico; lo perseguía por la casa para preguntarle. Él respondía, pero en un idioma extraño, inexpugnable. Cuando hablaba de cosas mundanas, lo hacía en su castellano teutónico, pero cuando quería sonsacarle algo de aquello que parecía haber descubierto, su voz se enrarecía y no lograba entenderle una sola palabra. En cuanto se lo reprochaba, me respondía que me quería explicar pero que sólo podía hacerlo mediante aquellos vocablos, que yo no alcanzaba a entender. Con el tiempo fue enajenándose, volviéndose introvertido, pasó a comunicarse cada vez menos. Las últimas frases que me dirigió, balbuceando con doloroso esfuerzo, estuvieron destinadas a explicarme que, lentamente, el conocimiento lo estaba subyugando y que sentía temor. De allí en más no volvió a hablar. A los pocos meses debí internarlo en un instituto psiquiátrico.
– ¿Y entonces qué sucedió?
– Una mañana de fines del 55 me encontré en el bar con Facundo Barrientos y con Pedro Rearte. En cuanto les conté lo de Adolfo Schmid, se preocuparon con sinceridad. A ellos la vida les sonreía. Habían deseado hacerse ricos y lo habían conseguido, sin embargo les pesaba la desgracia de Adolfo Schmid y ahí mismo me propusieron que lo llevara el primero de febrero del año siguiente, que harían lo necesario para que se mejorara.
– ¿Y fueron?
– ¡Claro! El primero de febrero del 56 los tres volvieron a encontrarse en el bar. Ellos conocían el secreto del Genio de la Ginebra; a mí me pareció fuera de lugar preguntarles; me conformaba con que trajeran a Adolfo Schmid nuevamente a la realidad. Lo recuerdo como si fuera hoy. Se sentaron los tres a la mesa. Facundo Barrientos y Pedro Rearte pidieron la ginebra, se trancaron las tres copas y declararon al unísono “Deseo que Adolfo Schmid lo olvide todo”. Adolfo Schmid los miró por última vez con esa contemplación pretenciosa del que sabe demasiado, esa mirada despiadada y nihilista del hombre que no conserva ya vestigios de miedo o de pasión, del mortal que por conocer lo absoluto ha perdido por completo su razón de ser. Pasaron cinco minutos y la cara de Adolfo Schmid se fue transfigurando. Yo observaba todo desde una mesa vecina. Primero se le torció la boca y se le aflojaron los músculos del cuerpo, luego, un hilo de baba comenzó a correrle por la comisura de los labios y su mirada firme se fue debilitando, hasta que se quedó con los ojos abiertos de par en par y la vista abúlica perdida en un horizonte que iba mucho más allá de las cuatro paredes que nos encerraban. Era el mirar de un idiota. Me di cuenta de inmediato que, aunque desearon con sinceridad y fervor, no habían reparado en que el deseo que se cumplía era el que se expresaba, aquel que la boca expelía hacia la atmósfera y no el que habitaba el corazón. Habían pedido que Adolfo Schmid lo olvidara todo, y otra vez, como en el verano del 52, el deseo se había consumado. Lo que tampoco sabían, lo que en realidad sucedió finalmente y que sólo yo y ahora usted sabe, es que al desear un deseo nuevo ante el Genio de la Ginebra el anterior pierde vigencia. A esa conclusión arribé en cuanto me enteré que ambos habían perdido sus fortunas de manera despiadada. Facundo Barrientos se escapó al Paraguay huyendo de sus acreedores; más tarde supe que se esfumó sin dejar rastros y los familiares concluyeron que lo habían matado. También llegó a mis oídos que Pedro Rearte, a quien la policía dio por desaparecido, fue enterrado sin identificación luego de arrojarse a las vías del tren.
– ¿Y si Facundo Barrientos murió, entonces quiere decir que la existencia del vagabundo de Mataderos es falsa?
– No, es en absoluto cierta. Sucede que por algunos años la situación me afectó severamente y me largué a vagabundear por Mataderos. Tenía necesidad de contarlo todo, de que la gente supiera que en su barrio existía un lugar único, en donde se podía obtener lo que se quisiese. Tenía ansias de decirlo, pero debía hacerlo de forma que sólo un hombre de enorme fe lo creyera. Tener la chance de hallarse frente al Genio de la Ginebra debe estar sólo dado a aquel que sea capaz de jugarse la vida. No podemos correr el riesgo de que caiga en manos de La Maldad; tampoco podemos correr el riesgo de que se pierda en el olvido. Durante muchos años lo estuve observando a usted, estuve viendo de qué manera se fue convirtiendo en un alcohólico, igual que su padre. Sé que no me equivoqué. Usted merecía que su deseo se cumpliera.
En cuanto don Abraham Borobski dijo esto, un frío helado me recorrió el cuerpo. Era cierto, mi deseo se había cumplido de inmediato y de pronto mi atención intentó captar la escena. Debía retener todos los detalles. Tenía por delante cuatro años para planificar mi próximo pedido y no debía dejar pasar la oportunidad. En mi distracción don Abraham Borobski aprovechó para ponerse de pié y comenzó a alejarse lentamente del lugar. Yo culminé mi tarea y lo perseguí para preguntarle qué cosa era la que había deseado él.

En la clínica, por momentos, confunden a los alcohólicos con los esquizofrénicos o con los paranoicos o con cualquier tipo de loco que se les ocurra y eso me joroba bastante. En ocasiones, es cierto, alucino, pero se da muy de vez en vez. Me sentía muy solo aquí. Por suerte, don Abraham Borobski tuvo la delicadeza de darme el gusto, haciendo trasladar a Adolfo Schmid para que me acompañe. Por supuesto que no está internado bajo ese nombre; don Abraham Borobski no permitió que se supiera que aquel despojo era aquello que alguna vez fue Adolfo Schmid. A veces su silencio me parece una incriminación, la jactancia de alguien que alguna vez lo supo todo. Yo pienso: pobre, más le hubiera valido pedir fortuna, aunque pensándolo bien llegué a la conclusión de que a los que la pidieron no les fue mucho mejor. En fin, cualquier requerimiento parece insulso con el tiempo. No, cualquiera no; el de don Abraham Borobski me pareció sensato desde el mismo momento en que me lo dijo, el único sensato. No sé por qué causa no se le cumplió. A lo mejor se tomó sólo dos ginebras y no tres, el pobre está viejo y quizás contó mal. Entonces ya está, no tengo nada más que pensar, solamente hace falta que esta cirrosis de mierda no me mate en el 83. Lo voy a pedir con la misma cadencia de voz con que me lo expresó don Abraham Borobski cuando lo alcancé en el Bar para despedirlo. Yo le pregunté:
-¿Y usted qué pidió, don Abraham?
Y entonces me respondió, con la inocencia del niño que lleva adentro:
-¿Y qué voy a pedir, m’hijo? ¡Paz…!

 

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